De pie, con los pies separados más o menos un palmo, inclínate despacio hacia adelante y abajo con las rodillas algo dobladas e iniciando el movimiento desde la cadera. Manten la posición de quince a treinta segundos con los brazos y el cuello bien distendidos. Prescinde de si alcanzas o no a tocarte los dedos de los pies. Deja simplemente que los músculos de la espalda y de la parte posterior de las piernas se estiren.

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Tadasana
Con los pies juntos y las plantas firmemente apoyadas en el suelo, tensa los glúteos y los músculos de la parte posterior de los muslos. Contrae también las rodillas y levanta las rótulas. Imagina que alguien tira hacia arriba de un hilo que sale de tu coronilla, de modo que tu columna vertebral y tu cuello se estiren. Asegúrate de que las plantas de ambos pies soportan el mismo peso.
Con los brazos relajados, entrelaza los dedos de las manos a la altura del pubis. Fija la mirada en un punto cualquiera situado frente a ti (un punto que no se mueva, naturalmente), a la altura de los ojos. Esto te ayudará a mantener el equilibrio.
Vuelve las palmas de las manos hacia afuera y, al mismo tiempo que inspiras, comienza a elevar los brazos muy estirados por delante y hacia arriba, hasta que las manos estén por encima de la cabeza, con las palmas dirigidas hacia el cielo. A continuación, álzate sobre las puntas de los pies, procurando no arquear las zonas dorsal y lumbar de la espalda.
Mantente así cuanto te parezca, mientras no tengas sensación de incomodidad o fatiga. Aprovecha una espiración para deshacer la postura; baja los brazos hasta los costados y apoya los talones en el suelo hasta alcanzar la posición de partida. Repite el ejercicio de tres a cinco veces.
Tadasana contribuye a desarrollar el equilibrio, estira la columna vertebral y descongestiona los nervios espinales; tonifica casi la totalidad de los músculos del cuerpo, favorece la eliminación e intensifica la circulación energética.

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