La vida
El nacimiento

En el Terai nepalí, en la planicie, hace más de dos mil quinientos años, había un reino conocido como el de los Sakyas, cuya capital era Kapilavastu. El monarca se llamaba Suddhodana y tenía por esposa a una delicada y tierna mujer llamada Maya. El reino vecino a estas tierras de hermosos arrozales era el de Kosala, con el que los sakyas mantenían buenas relaciones gracias a la sagacidad de Suddhodana.
La reina se quedó encinta. Se dice que llevó en sus entrañas al hijo a lo largo de diez meses lunares. Cuando sintió que el parto se acercaba, decidió desplazarse hasta la ciudad de Devadaha para visitar a sus parientes y alumbrar junto a ellos. Se hizo acompañar por un séquito de algunas de sus damas. A medio viaje sintió fuertes dolores y contracciones cada vez mas seguidas. El alumbramiento podía producirse en cualquier momento. Había cerca un agradable y silencioso jardín (todavía hoy en día lo es) llamado Lumbini y en el mismo un estanque de aguas cristalinas. Las damas ayudaron a la reina a que se situase debajo de un árbol sala. Una de las acompañantes dispuso un cojín con hojas y hierbas para que la reina apoyara en el mismo la cabeza. Poco tiempo después nació un niño, cuyo pequeño cuerpo era cuidadosamente lavado por las damas del séquito. La reina, al sentirse muy débil, decidió volver a Kapilavastu. La noticia del nacimiento del príncipe se propagó por todo el reino. Días después visitó al niño el sabio y ermitaño Ashita y lo cogió entre sus brazos. Tras quedarse absorto algunos instantes, dijo:
—Ésta es una criatura sublime. Puedo confirmar lo que han aseverado los sesenta y cuatro brahmanes videntes. Este niño tiene un destino muy especial. Si asume ser rey, será monarca universal y será respetado por las gentes de muchos reinos; pero si corta con sus lazos mundanos, su destino será aún más noble, porque se convertirá en un buda (iluminado). Pondrá en marcha la Rueda de la Doctrina y conducirá a miles y miles de seres humanos de la servidumbre a la libertad.
El monarca se sintió estremecido ante la idea de que su hijo no le sucediera dinásticamente. Tras el alumbramiento, la reina cada vez se fue debilitando en mayor grado. Cinco días después del mismo, el niño recibió el nombre de Siddharta. Al séptimo día del parto, la reina padeció una hemorragia fuertísima y nada pudieron hacer los médicos por Maya, que murió. No tuvo tiempo de disfrutar siquiera del que iba a ser uno de los más grandes maestros del espíritu de todas las épocas.
Vida palaciega
La hermana de la reina, llamada Prajapatia, se hizo cargo del cuidado del niño. Al príncipe no le faltó ninguna atención y gozó de todos los caprichos y lujos. Sin embargo, Siddharta, cuando llegó a la edad de adolescente, no se sentía especialmente feliz ni atraído por los fastos del palacio, las llamativas fiestas ni todo el lujo que le rodeaba. Con motivo de un festival de la cosecha, Siddharta entró espontáneamente en una profunda meditación. El monarca se sintió muy alarmado al recordar las palabras del yogui Ashita. El rey ordenó que el niño no tuviese acceso a las escrituras ni tratase con personas religiosas y que, por el contrario, se le rodease de todos los lujos inimaginables. Pero a Siddharta cada día le gustaban menos las fiestas palaciegas y empezó a sentir un gran rechazo hacia las artes marciales y otras disciplinas deportivas. Con quince años sintió la necesidad de abandonar el palacio y todos sus fastos e incluso escribió una nota de despedida a su padre, pero por no dañarle terminó por romperla. Un año después, se le anunció que había llegado el momento de buscarle esposa. El muchacho se sintió tristemente sobrecogido. El rey envió emisarios a las familias nobles para anunciarles que el príncipe buscaba esposa, pero los jefes de las familias sakyas, conocedores del desinterés del príncipe por las artes marciales, los deportes y los estudios, se negaron a presentarle a sus hijas. La noticia abatió tanto al monarca que el príncipe, para consolarle, le dijo:
—Padre, si es lo que quieres, organiza un torneo de aquí a siete días y que los jefes sakyas envíen a competir a sus hijos más intrépidos. No te dejaré en mal lugar, aunque yo sé que la única victoria que importa es la que se tiene sobre sí mismo.
Durante siete días el príncipe, guiado por los mejores maestros, se entrenó en las artes marciales: la de la arquería, la de la espada y la de la lucha cuerpo a cuerpo. El príncipe se impuso a todos sus adversarios cuando se celebraron los juegos marciales y los jefes sakyas notificaron que enviarían a sus hijas al palacio a conocer al príncipe. Se celebró una esplendorosa fiesta y el príncipe fue obsequiando a las doncellas, una a una, con joyas valiosísimas que el monarca había dispuesto a tal fin. Pero cuando el príncipe llegó a la última de las doncellas ya no tenía ninguna joya que entregarle. Miró al rostro de la bellísima doncella, para la que no tenía regalo, y se sintió azorado, pero la exquisita joven le dijo:
—No te inquietes, señor, porque tu presencia es el mejor obsequio para mí.
El príncipe ordenó traer la mejor gargantilla que pudiera encontrarse y la colocó en el bello cuello de la doncella. Se trataba de la princesa Yasodhara, hija de Duprabhudda y Panita, monarcas de los kolyas. El príncipe quedó al instante prendado de esa primorosa joven. Un tiempo después se desposó con ella.
Durante años los príncipes disfrutaron de los fastos palaciegos. A veces el príncipe padecía crisis existenciales, pero cuando pasaban volvía a absorberse en la vida de lujos y placeres que le había sido dada. No obstante, cada vez más se avivaba el sentimiento en su joven corazón de que estaba desperdiciando su vida y consumiéndola inútilmente.
Un amanecer, tras una fiesta que fue más bien una bacanal, el príncipe, hastiado, vio los cuerpos ebrios, inconscientes y afeados de los hombres y las concubinas. Entonces le tomó un sentimiento desgarrador de que estaba traicionando sus ideales espirituales y de que se estaba dejando arrebatar por las ilusiones de la cenagosa ruta de lo fenoménico. Tenía veintinueve años y no podía seguir malgastando su vida y viviendo de espaldas a sus aspiraciones espirituales.