La vida
Adelantando en saber

En una aldea de Galilea llamada Nazaret, una mujer de nombre María, desposada con un sencillo y pacífico hombre llamado José, en una modesta estancia, dio a luz a un niño al que se llamó Jesús. Acuden a rendirle homenaje tres magos de Oriente, se trata seguramente de tres iniciados o grandes jivanmuktas (liberados vivientes) procedentes de la India. Eran los tiempos de Herodes y estos iniciados ofrecen al recién nacido oro, mirra e incienso, elementos que tienen un oculto significado inicia tico. El oro es la naturaleza áurica espiritual, que todos podemos actualizar si transformamos las fuerzas de baja calidad en fuerzas preciosas cósmicas; el incienso es el aliento divino que todo lo impregna, insufla y anima; la mirra es el símbolo de la conducta impecable, el aroma de santidad.
Un hombre honrado y piadoso, llamado Simeón, seguramente un sabio, tomó al niño en brazos y declaró: «[...] Lo has colocado ante todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo.» El anciano sabio agregó dirigiéndose a María: «Mira, éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón; así quedará patente lo que todos piensan.»
Simeón intuye cuánto habrá de sufrir María debido al ministerio de su hijo. Había también una mujer, una iniciada que llevaba muchos años en ayuno y meditación y era profetisa. También ella intuye el destino místico del niño.
Jesús es llevado al templo de Jerusalén y es presentado al Señor. La familia regresa después a la apacible Nazaret. Desde su tierna infancia se va activando en Jesús la energía de la realización. Su vida debía de ser plácida y feliz en esas tierras gratas de Galilea, a pesar de pertenecer a una familia modesta. Es fácil imaginárselo correteando y jugando por esas apacibles latitudes, mientras recibía la educación propia de un niño de tales condiciones. Sin embargo, Lucas nos especifica que «el niño iba creciendo y robusteciéndose, y adelantaba en saber». Sin duda recibió una educación piadosa en una familia tradicional y pía, fiel observadora de la doctrina judía.
A la edad de doce años es llevado a Jerusalén. Sin duda debió impactarle aquella ostentosa construcción, visitada por miles de peregrinos y devotos, en medio de un enjambre de bulliciosas y congestionadas callejuelas. El muchachito ya ha ido «creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres». El niño se extravía y María, angustiada, finalmente lo encuentra, pero el muchachito replicó entonces: «¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que yo tengo que estar en los asuntos de mi Padre?»
Para él el Padre ya no era el mismo Padre que lo era para los judíos. La acartonada y mecánica atmósfera del templo no debió de impresionarle muy gratamente. No era precisamente aquello lo que él concebía como la «casa del Padre», ni desde luego un lugar apropiado para el recogimiento y la meditación. Por primera vez había tenido ocasión de ver y enfrentarse al rostro de la religión institucionalizada, automática y fría, extraviada en rituales y banales ceremonias.

En busca del Padre
Jesús emprende la aventura del espíritu, aquella que le permitirá conquistar su naturaleza crística y establecerse en el nivel de «arriba» en fusión con el Padre o Ser. Mediante la contemplación, la meditación, la plegaria consciente y la conducta impecable, va a actualizar su naturaleza divina, al margen de la ortodoxia rígida, con la mente libre, desconfiando de las instituciones petrificadas. Durante esos años que pertenecen a su vida oculta, indagó espiritualmente, se instruyó, contactó con corrientes iniciáticas y conoció de primera mano las instrucciones de sectas genuinamente espirituales, como la de los esenios y los terapeutas. Obtuvo extraordinarios conocimientos y entró en contacto con otros grandes buscadores. Conectó con la enseñanza perenne, inmemorial, de la que él iba a convertirse en uno de los más grandes e indiscutibles iniciados y conservadores. Para los sabios hindúes Jesús es un avatar, como Krishna (y hay muchos y significativos paralelismos entre la vida de uno y otro), es decir, la deidad misma encarnada.
Así como Jesús se aparta de los fariseos y de los saduceos, se inclina hacia los esenios y terapeutas, lo que no quiere decir que fuese miembro de estas órdenes. A propósito de los esenios, Filón declaraba: «Sirven a Dios con gran piedad, sin ofrecerle víctimas, sino santificando su espíritu. Huyen de las ciudades y se aplican a las artes de la paz. No existe un solo esclavo entre ellos; todos ellos son libres y trabajan unos para otros.»
Por su parte afirma Josefo: «Los esenios eran de una moralidad ejemplar; se esforzaban por reprimir toda pasión y todo movimiento de cólera; siempre benevolentes en sus relaciones, apacibles, de la mejor buena fe. Su palabra tenía más fuerza que un juramento; asimismo consideraban el juramento en la vida ordinaria como algo superfluo y como un perjurio. Soportaban con admirable estado de ánimo y con la sonrisa en los labios los más crueles tormentos antes que violar el menor precepto religioso.»