Kabir es una figura impresionante y no es de extrañar que fuera tan estimada y admirada por Gandhi y Tagore. Fue un gran reformador religioso, un místico excepcional y un prodigioso poeta. Nació en la ciudad santa de Benarés en el año 1440, al parecer en el seno de una casta baja. Ejerció como tejedor y no era ni mucho menos un hombre culto o erudito, pero desde joven sentía irreprimibles anhelos místicos. Aunque musulmán, estudió y recibió instrucciones espirituales de Ramananda (nacido en 1400 y muerto alrededor de 1470), un asceta hindú que fundó la secta de los eamanandis, vivió en Benarés, propiciaba el fervor a Rama e insistía en la necesidad de cultivar la compasión y la caridad.
Kabir recibió influencias tanto hindúes como persas, sufíes y cristianas. Como el gran místico que era, no se dejaba limitar por dogmas y estaba abierto a lo mejor de todos los cultos y tendencias espirituales. Se oponía a la ortodoxia estricta y se situó en la corriente bhakti (o religiosa) que imperaba en esa época y que recogía sentimientos tanto hindúes como musulmanes o de otros credos, si bien las religiones como institución eran irreconciliables. Pero el místico va más allá de la religión instituida y sigue la senda sin senda hacia la unidad. Y Kabir daba la espalda tanto a los musulmanes ortodoxos como a los hindúes ortodoxos, para seguir la senda del corazón puro y la conducta impecable.
Muy poco se sabe de la vida de Kabir, también, como la de otros maestros, velada por la leyenda. Fundó una escuela o secta, la de los kabiritas, que todavía sobreviven en Benarés y otros lugares de India, con numerosos miembros.
Kabir era, además de un místico sublime, un buen músico y un formidable poeta. Su poesía mística es muy refinada, sentida y reveladora. Sus cánticos, escritos en hindi popular, son una fuente de inspiración lírica y mística. Sentía un amor apasionado por el Amado, que insufla sus cánticos de vitalidad mística. Insistía en que la Deidad tenía que ser hallada en el corazón y que la única peregrinación verdadera era la que dirigía hacia éste, en vez de rondar por los lugares externos de peregrinación musulmana o hindú o enredarse con rituales y ceremonias, para abismarse en la contemplación que conduce al Divino. No era ni un asceta ni un renunciante, y llevó una vida hogareña normal, pero despertaba los recelos y odios de los poderes religiosos instituidos, que no dejaban de maquinar contra él y servirse de argucias para desprestigiarle.
A los sesenta años, en 1495, fue desterrado de su amada Benarés; entonces vagó por distintas áreas del norte de India y se hizo con un número de fieles discípulos, para abandonar la envoltura carnal en 1518, cerca de la ciudad de Gorakhpur, en Maghar. Aunque todos sus cánticos son de una hermosura conmovedora, uno de ellos bien puede resumir su sentimiento místico:
«El río y sus olas son una unidad;
¿Qué diferencia hay entre él y ellas?
Cuando se levanta la ola, es de agua,
y agua es al caer de nuevo.
¿Dónde está, pues, la diferencia?
¿Deja de ser agua porque se la llamó ola?
Dentro del Brahmán Supremo
existen los mundos como cuentas de un rosario:
Contempla ese rosario con el ojo de la sabiduría.»