Atención conciente
Sin atención no hay yoga, ya que el yoga es una senda para el desarrollo y abrillantamiento de la consciencia, y la hermana gemela de esta última es la atención, es decir, la capacidad de atender. Todos los yogas y todas sus técnicas exigen la atención y, sobre todo, una atención muy especial, que es la denominada consciente o vigilante y que consiste en estar atento sin dejarse condicionar por juicios, prejuicios, interpretaciones o suposiciones. Es la atención voluntaria y directa, que requiere intención y esfuerzo y se intensifica en grado sumo con la disciplina adecuada. Las técnicas del yoga deben efectuarse con tanta minuciosidad como atención, y es que, de hecho, esa minuciosidad no puede obtenerse si no se está sumamente atento. Así se va uno haciendo más consciente y la vida adquiere un significado más pleno.
La atención mental es un factor fundamental de autodesarro-llo y armonía. Nos conecta con la situación inmediata e impide que nos extraviemos con los pensamientos de distracción que siempre nos traen consigo el tiempo y el espacio, disfrutando la presencia del aquí y del ahora y frenando el verdadero aprendizaje vital.
Para estar atento hay que proponérselo, salvo cuando algo es tan interesante que la atención surge por sí sola; no obstante, la atención consciente exige determinación y esfuerzo. Es tan esencial la atención —para todo en la vida y no sólo para seguir la senda del autodesarrollo y el yoga— que Nisargadatta decía con mucho acierto: «No infravalores la atención. Significa interés y, al mismo tiempo, amor. Para crear, hacer, descubrir, tienes que poner todo tu corazón, lo que es igual a poner la atención. De ella brotan todas las bendiciones».
La atención es una función preciosa de la mente y siempre necesaria, útil y constructiva en toda situación y circunstancia. Nos hace más observadores, penetrativos, sagaces y libres.
La atención nos torna más perceptivos y vivos. El Dhammapada reza: «El que está atento está vivo, el que está inatento es como si ya hubiera muerto».
Y nos señala sin rodeos: «La atención es el camino hacia la Liberación; la inatención es el sendero hacia la muerte».
Para también decirnos: «Atento entre los inatentos, plenamente despierto entre los dormidos, el sabio avanza como un corcel de carreras se adelanta sobre un jamelgo».
La atención es una energía muy poderosa y, bien establecida, va transformando la mente y liberándola de muchos de sus engaños, apegos y distorsiones de todo tipo. A mayor atención pura, percepción más clara y cognición más fiable. La atención es como un foco que puede dirigirse hacia fuera (para captar todo lo que hay en el mundo exterior) o hacia los propios procesos psicosomáticos (para ser conocedores de hábitos psíquicos, reacciones emocionales, tendencias y comportamientos) o hacia lo más íntimo y profundo de uno mismo (para percibirse más allá de las ideaciones). Esa atención interiorizada propicia la meditación del silencio o introspectiva. El YogaVasishtha aconseja: «Ve y zambúllete en el sereno mar de la soledad espiritual y lava tu alma en el néctar de la meditación ambrosiaca. Sumérgete en la profundidad de la Unidad y aléjate de las olas saladas de la dualidad y de las aguas salobres de la diversidad».
La atención ayuda a que nos vigilemos para poder ir desembarazándonos de las desmesuradas reacciones de avidez y odio, logrando así un estado de mayor independencia interior. La atención también es la herramienta para vigilar y regular las tres puertas de
la acción: la mente, las palabras y los actos. Mediante la atención todo se vuelve más intenso, pleno, significativo e incluso podemos elevar al rango de sublime lo que en apariencia sólo es cotidiano e induce a la consciencia apagada y lerda.